Cristo estaba en la cruz.
Desde allí,
habló a María y al discípulo Juan.
Primero dijo a María:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo.”
Después dijo a Juan:
“Ahí tienes a tu madre.”


Con estas palabras,
Jesús nos enseña algo importante:
María no es solo la madre de Cristo.
También es madre de todo
los que siguen a Jesús.
Todos los cristianos
forman parte
de la gran familia de Jesús.
Por eso,
la Virgen es madre de todos.

María acepta esta misión
en silencio y con fe.
Ella ya había dicho “sí” a Dios
en la Anunciación.
Ahora
vuelve a aceptar la voluntad de Dios.

Jesús no solo pide a Juan
que cuide de María.
También quiere que Juan la reciba
como a su propia madre.
Juan era el discípulo
que Jesús amaba
de una manera especial.
Él, San Juan,
había escuchado
las enseñanzas de Jesús.
También había aprendido a amar
como Jesús amó.
Por eso,
pudo entender mejor el regalo
que Jesús le hacía:
recibir a María como madre.

Estas palabras de Jesús
también son para todos nosotros:
“Ahí tienes a tu madre.”
Jesús nos invita a aceptar a María como madre.
Y nos invita
a quererla con amor de hijos.
Así se entiende mejor
el amor y la devoción
que la Iglesia tiene a la Virgen María.

Ese amor no nace
solo del cariño de los creyentes.
Nace, también,
de la voluntad de Jesús.
Jesús quiso que sus discípulos
confiaran en María y la amaran
Quiso que la reconocieran
como madre de todos los creyentes

Junto a María,
los discípulos aprenden a
conocer mejor a Jesús.
Aprenden a amarlo más
y a vivir cerca de Él.
También descubren la alegría
de sentirse amados por la Virgen
como hijos.

La historia de la fe cristiana
nos enseña
que la Virgen nos lleva a Cristo.

San Juan