Parece imparable que en pocos años seamos muchos más los habitantes del planeta y que las necesidades más evidentes serán todas las básicas: comida, vestido y vivienda. El modelo actual no aguantará y necesitaremos producir mucho más alimento y que esta producción impacte mucho menos en el medio ambiente.

Aparte de esto, la inmensa mayoría de la población estará conectada, mucho más que nunca. Los negocios serán todos digitales y habrá más oportunidades en la propia creación de las redes.

Pero, sobre todo, vemos que las empresas que funcionarán, serán los que ofrezcan eficiencia, entendida como responder a las necesidades de un modo mejor, más rápido y/o más barato porque, además, el público también será diferente.

Adquirir una nueva conciencia ante una realidad cambiante conlleva asumir la responsabilidad de proveerse de las competencias para mantener la competitividad, salir de la zona de confort y mostrarse abiertos ante la aparición de nuevas realidades, una verdad que no solo ocurre en los negocios, también en la vida. Poner en cuestión lo que hasta la fecha se daba por descontado, no es una temeridad, como se piensa desde los sectores más tradicionales, resistentes al cambio en su convicción de que cualquier tiempo pasado fue mejor, es por el contrario, una obligación, un deber guiado por el deseo y la necesidad de variar y cambiar estructuras, prácticas, procesos y culturas organizacionales que hasta hoy “han sido así” y “se han hecho así” pero que sabemos que podrían funcionar con más fluidez.

La Asociación en favor de las Personas con Discapacidad Intelectual “San José”, de Guadix, que da servicio a más de 450 usuarios maravillosamente atendidos por más de 300 trabajadores, demuestra en su día a día, que es posible evolucionar hacia modelos organizativos que generen un mayor bienestar para las personas y que, a la vez, asegure la sostenibilidad económica de la misma, un aspecto fundamental que no siempre se tiene en cuenta ante el convencimiento de que las ONGs han de vivir de la caridad. Nada más lejos de la realidad.

La función de las ONGs es imprescindible en el mundo moderno, y la evolución de su ideario aún más. En ausencia de estas organizaciones, centradas en la colaboración humana, no habría sido posible ninguno de los avances recientes de la historia de la humanidad y, sin embargo, siguen estando denostadas y cuando no, olvidadas siendo vistas de reojo aliviando nuestras conciencias con pequeños donativos o un “qué lástima”, preludio de la insolidaridad que amenaza nuestro mundo y del estancamiento de la imagen de sus atendidos. Incluso hoy, la discapacidad sigue generando sentimientos patrimonialistas y posesivos en casi todas las asociaciones,  “esta es mi asociación”, “mis deficientes”, “mis niños” que, si bien, de manera bienintencionada dieron cobijo y cuidados a personas de todas las condiciones, lo cierto es que también generaron todo un paradigma médico identificando a la persona con el déficit y la carencia, como un sujeto pasivo y sin expectativas sociales de cambio ni evolución, no ciudadanos, sino benefactores de ayudas, infantilización, seres débiles, inocentes de su condición que hay que proteger u ocultar. La subnormalidad es negativa, cuando no un insulto.

     Acabar con esto, es la emergencia de un nuevo modelo organizativo y son las propias personas con discapacidad intelectual quienes lo demandan pues, este mundo, nos pertenece a todos.

Es obligación de las instituciones, pero también de la sociedad, crear las condiciones necesarias para que las personas, especialmente con grave discapacidad intelectual institucionalizadas en residencias dejen de conformar uno de los colectivos más olvidados de nuestra sociedad a las que se les presupone una vida robotizada e inconsciente.

Recuperar la condición de persona es la prioridad, acabar con el tedio de la institucionalización actualmente entendida es un asunto urgente con el fin de crear una vida con sentido no solo para las personas atendidas sino también para quienes las atienden. La actual gestión de las organizaciones ha llegado a su límite y las recetas tradicionales tienden a convertirse en parte del problema más que en su solución; es necesario alcanzar niveles de conciencia más elevados, que nos permitan encontrar nuevas formas de colaborar, de sanar nuestra relación con el mundo y reparar el daño que hemos causado. Necesitamos escuelas llenas de vida, organizaciones sin ánimo de lucro que rompan el molde de lo conocido y se aventuren a la consecución de un verdadero propósito de vida, tomar decisiones que clarifiquen los sueños de todos –sí, también de las personas con discapacidad intelectual- con el fin de que podemos ser aquello que podemos y debemos conseguir en nuestras vidas.

Debemos aprender a soltar y a escuchar esa vida que quiere ser vivida, a esas personas que tal vez no sepan expresarse pero que desean ser entendidas, que desean sentir sin temor. Cuando nos atrevamos a ir completos y a ayudar a los demás a completarse, comienzan a ocurrir cosas extraordinarias porque los mayores traumas suceden cuando no existe una red, un tejido social en nuestras vidas, lo que duele es el desgarro de aquello que se arrancó, duele la herida y, en ocasiones, la cicatriz. ¿Hasta cuándo?

Hay demasiada vida y demasiado potencial humano a la espera de expresarse; hemos de buscar un nuevo significado, mucho más espiritual que nos identifique como seres creativos, buscando la inspiración en la propia vida.

LA MEJOR FORMA DE PREDECIR EL FUTURO, ES CREARLO

Alicia Carmona Martínez
Responsable de Política de Personas